miércoles, 13 de febrero de 2013

RESEÑA – La Invención del Arte – Larry Shiner


       El concepto de Bellas Artes como lo entendemos en la actualidad, manifestado en expresiones humanas o disciplinas artísticas no siempre ha estado vigente. De hecho, el adjetivo “estático” es quizá el menos adecuado para un término, las “bellas artes”, que ha ido mutando de la mano de los cambios políticos, sociales y filosóficos que han ido marcando el devenir de los tiempos.
Con el ambicioso proyecto en el horizonte de ilustrarnos al respecto de los orígenes y la justificación de la evolución de las “bellas artes” en el tiempo, Larry Shiner hace un trazado a través de la historia donde es capaz de desgranar los distintos elementos que han ido contribuyendo a la conceptuación de las “bellas artes” de la forma y manera en que hoy las entendemos.
La cuestión medular del tratado, es introducir al lector en la siguiente conclusión o leitmotiv: el arte (tal y como lo conocemos hoy) es una invención de la sociedad europea del siglo XVIII”. Y es en la construcción y traducción de esta idea donde radica el interés y la importancia del libro referido, puesto que se filtra la visión actual de las obras del pasado a la par que justifica y explica la vigente configuración del arte en la actualidad.
La construcción de la idea que se pretende comunicar a través del estudio (pormenorizado y detallado) que se realiza en la obra de la evolución de la conceptuación de arte que hoy tenemos, parte de la premisa de que las obras que hoy contemplamos así como la creación de “arte” que hoy llevamos a cabo y asumimos casi de forma espontanea, no ha sido así en el tiempo de forma perpetua o perenne.
En el mundo clásico, como punto de partida de las conclusiones alcanzadas, las creaciones poéticas o dramáticas, por ejemplo, eran creadas como acompañamiento o como mera recreación de festivales o celebraciones de carácter religioso. En otras palabras, muchas de las expresiones que hoy entendemos por “Arte”, no nacían como creación unilateral del artista “per se”, sino que se integraban como una actividad más de expresiones populares o de cualesquiera otros eventos que las justificaban.
En el mismo sentido, en el mundo helénico o romano, no existía una palabra que aglutinara los conceptos que en nuestra sociedad moderna occidental se asocian como “Arte”. Dicho termino, “techné” o “ars”, no hacía sino referirse a todas aquellas actividades las cuales requerían una actividad, destreza concreta o habilidad de la persona que las desempeñaba. De esta manera, se comparaban y situaban a la misma altura disciplinas tan dispares como la zapatería, la pintura, la mecánica, la carpintería o la poesía, sin producirse entre ellas diferenciación alguna, y lo que es más importante, tampoco entre los sujetos que se dedicaban a su desarrollo.
Y la consecuencia de lo anterior, no es otra que la ausencia de separación alguna entre la categoría de artista y la de artesano, dándose de hecho una identificación entre ambos y despojando al “artista” de los caracteres de imaginación, originalidad e inspiración que hoy día los tenemos interiorizados sin discusión aparente. Lo mas que se podía aventurar a diferenciar en el mundo clásico, era entre lo que se consideraban “artes liberales”, las cuales requerían de habilidades intelectuales y estaban reservadas a la alta alcurnia, y las “artes vulgares o serviles”, las cuales se vinculaban al trabajo físico. Pero como decimos, tratando de igual consideración a los artesanos/artistas, unificándolos bajo un mismo término, una suerte de “hacedores de cosas”, y donde lo estético no solo tiene un valor residual, sino que en la mayoría de las ocasiones no se tiene siquiera en consideración.
Pero es en la Edad Media donde se aventura a principiar un cambio en los conceptos anteriormente reseñados. Se mantiene la clasificación formal grecorromana entre artes serviles y artes liberales, si bien estas últimas a efectos didácticos se diseccionan en dos categorías: el Trivium, que abarcaba la Lógica, la Gramática y la Retórica; y el Quadrivium, abarcando por su parte la Aritmética, la Geometría, la Astronomía y la Teoría Musical). Como se puede observar, ni siquiera aparecen las disciplinas que hoy día se pueden introducir en la categoría de arte (o bellas artes) tales como la pintura, la escultura o la poesía.
Pese a este paso en la categorización de las disciplinas artísticas/artesanales, el termino estricto de “artista”, solo se aplicaba a los individuos que desempeñan actividades liberales, (a saber, Trívium y Quadrivium) quedando para el resto de pintores, escultores y demás, el termino de artífices, imitadores de la realidad o como hemos puesto de manifiesto antes, meros “hacedores de cosas”, sin capacidad para considerárseles creadores de obras originales.
Aun con la vigencia de lo anteriormente expuesto, en el Renacimiento se va perfilando, si bien de forma sucinta, la realidad de lo que posteriormente será el concepto de artista actual de nuestra era. Lo cierto y verdad es que el desarrollo del arte en esta época, si bien aún dista de la escisión artista/artesano, si que apunta maneras de lo que estará por llegar. Si bien el concepto de pintor, poeta o dramaturgo va subiendo en estima (aunque no tanta como cualquier optimista pudiera pensarse), no es menos cierto que los artistas de la época siguen atados y anclados a una losa del pasado: la mecanización y la ausencia de espíritu creador o imaginativo. En otras palabras, eran sujetos hábiles en su rama o disciplina, a quienes ciertas esferas sociales les encargaban trabajos para cualquier menester. Un noble podía encargar pintar las paredes de una instancia, o componer una poesía para un evento, o inclusive una pieza instrumental. En cualquier caso, se veían ceñidos a unos cánones o instrucciones en lo que a su producción artística se refería.
Es de esta forma y manera donde cobra importancia el mecenazgo, como institución o practica mediante la cual a través de un patrocinio financiero se trabajaba a disposición de una familia, persona o ente asociativo. Pero no por ello debemos dejar de destacar tres elementos que van a hacer cambiar el concepto de artista en el Renacimiento.
Primeramente es la aparición del genero de la biografía del artista, genero el cual “mitificaba” o “santificaba” la figura del artesano/artista. En segundo lugar, es la generalización del autorretrato como practica pictórica, donde se representaban a si mismos de forma casi mesiánica, enalteciendo su concepto e intentando diferenciarse y situarse en una situación de más alta estima respecto al resto. Y por último, la existencia de la categoría de “artista cortesano”, a modo y manera de trabajador integrado en la actividad de la corte, desempeñando sus tareas a través de contratos y de encargos cerrados. Si bien esto es cierto, no debemos caer en el error de considerar a artistas como Miguel Angel o Shakespeare como creadores libres encerrados en el corsé de la época. Ambos, por ejemplo, no solo eran conscientes y consentían que su trabajo se limitara a hacer creaciones encargadas, sino que sus propias obras se modificaban en ocasiones sobre la marcha, y se convertían en maleables. Y esto es un ejemplo manifiesto de la claridad del autor al exponer el error de aplicar nuestra visión actual y descontextualizada, a las figuras de artista de épocas pasadas.
Y es a partir de este momento, cuando la concepción del artista empieza a separarse de la condición de artesano, empezando a valorarse en los primeros una suerte de sensibilidad, traducidas en Ingenio, Inspiración y Talento Natural. Las labores tradicionalmente asociadas al arte/artesanía, se fueron separando a medida que para las habilidades mecánicas y destinadas a la utilidad (zapatería, mecánica...) sólo se requería habilidad técnica, mientras que para las habilidades artísticas, se comenzaba a entender que era necesario tener un ingenio y habilidades innatas para su desarrollo, lo que configura al artista.
En consecuencia con lo anterior, y persiguiendo elevar la condición de artista, y naciendo un sentido del gusto y de los estético, se produce un acontecimiento de capital importancia, que es la publicación obra de Charles Batteux, “Las bellas artes reducidas a un único principio (1.746)”, donde se unifican los criterios de belleza y gusto, y siendo la primera obra donde se cita el término “Bellas Artes” dentro de un conjunto restringido de artes, en este caso, la música, la poesía, la pintura, la escultura y la danza, agrupándolas como imitación de la naturaleza bella. De esta forma, se asume que se pueden clasificar las artes de tres maneras: las artes que administran necesidades (artes mecánicas), las que su propósito es dar placer (las bellas artes) y las que combinan utilidad y placer (arquitectura y elocuencia).
Como consecuencia de lo anterior, nace en el siglo XVII el concepto de artista orientado hacia el concepto actual, separándose completamente el binomio artista-artesano, primando en los primeros la originalidad, la inspiración y la imaginación, dando como resultado un artista creador de obras, mientras que el artesano se encuentra vinculado a la mera utilidad de su trabajo, privado de gusto y estética.
De tal manera, en los senos de la alta alcurnia o las clases nobles, aparece la figura de los “connosieurs”, autoproclamándose conocedores y poseedores del gusto necesario para apreciar lo estético, lo bello y por extensión, el Arte. Igualmente, al abrigo de estos sujetos nacen las Instituciones vinculadas al mundo del arte y los artistas, donde se celebran exposiciones para contemplar y adquirir obras de arte (Paris, Londres,...) y donde se comienzan a poner de manifiesto dos elementos de importancia: La aparición de los derechos de autor y la progresiva desaparición del mecenazgo a favor del mercado.
Con la aparición de estos dos elementos, se cierra la bóveda que da sentido al ideal de artista moderno. Un artista que crea de forma espontanea, que tiene un mercado o espectro de potenciales adquirentes de su arte y que firma su obra y se le reconoce la autoría de la misma (visión mercantil del arte). En este sentido, el visitador de un Salón de Exposiciones, no solo buscaba como antaño la perfección o elaboración de la obra concreta, sino que con la existencia de los derechos de autor, era cuanto o más importante que lo anterior la autoría de la misma. Los mentideros y la fama de un artista a otro hacia oscilar los precios y el “valor” de las obras, fijados por la demanda y la voluntad del comprador, más que como antiguamente por la calidad de la misma o por asemejarse fielmente el encargo pactado por un mecenas.
El resto de la Historia cultural del Arte, si bien de importancia, es más conocida por todos, siendo lo expuesto hasta ahora lo que pone y sienta las bases, así como los antecedentes del cambio radical suscitado antes del siglo XVII respecto a nuestra visión del Arte y el Artista. No obstante las consecuencias para la estética de la Revolución Francesa, tales como la desaparición del patronazgo y la apoteosis del museo han matizado nuestra realidad actual, así como la asimilación de nuevas formas de arte (fotografía).
Por último, Shiner constata cómo la práctica de los últimos 30 años ha estado comprometida con reintegrar el arte con la vida, siguiendo ese proceso de asimilación y resistencia, a través del redescubrimiento del arte “primitivo” (en el que no existe división entre arte y artesanía), el movimiento “artesanía como arte”, el problema que se plantea la arquitectura actual entre funcionalidad y estética, la fotografía (ampliamente aceptada como arte desde 1940), el problema de la literatura y su presunta “muerte”, el arte de masas, la reconciliación de arte y vida en las obras de determinados artistas (hasta el punto de su disolución como actividad distintiva), el arte público. Finalmente, Shiner se pregunta si esas asimilaciones masivas que se producen sobre todo a partir de la década de 1960 no estarán dando lugar a un tercer sistema de las artes.

     


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