El concepto de
Bellas Artes como lo entendemos en la actualidad, manifestado en expresiones
humanas o disciplinas artísticas no siempre ha estado vigente. De hecho, el
adjetivo “estático” es quizá el menos adecuado para un término, las “bellas
artes”, que ha ido mutando de la mano de los cambios políticos, sociales y
filosóficos que han ido marcando el devenir de los tiempos.
Con el ambicioso
proyecto en el horizonte de ilustrarnos al respecto de los orígenes y la
justificación de la evolución de las “bellas artes” en el tiempo, Larry Shiner
hace un trazado a través de la historia donde es capaz de desgranar los
distintos elementos que han ido contribuyendo a la conceptuación de las “bellas
artes” de la forma y manera en que hoy las entendemos.
La cuestión medular
del tratado, es introducir al lector en la siguiente conclusión o leitmotiv: “el arte (tal y como lo
conocemos hoy) es una
invención de la sociedad europea del siglo XVIII”. Y es en la construcción y traducción de esta idea donde
radica el interés y la importancia del libro referido, puesto que se filtra la
visión actual de las obras del pasado a la par que justifica y explica la
vigente configuración del arte en la actualidad.
La construcción de
la idea que se pretende comunicar a través del estudio (pormenorizado y
detallado) que se realiza en la obra de la evolución de la conceptuación de
arte que hoy tenemos, parte de la premisa de que las obras que hoy contemplamos
así como la creación de “arte” que hoy llevamos a cabo y asumimos casi de forma
espontanea, no ha sido así en el tiempo de forma perpetua o perenne.
En el mundo
clásico, como punto de partida de las conclusiones alcanzadas, las creaciones
poéticas o dramáticas, por ejemplo, eran creadas como acompañamiento o como
mera recreación de festivales o celebraciones de carácter religioso. En otras
palabras, muchas de las expresiones que hoy entendemos por “Arte”, no nacían
como creación unilateral del artista “per
se”, sino que se integraban como una actividad más de expresiones populares
o de cualesquiera otros eventos que las justificaban.
En el mismo
sentido, en el mundo helénico o romano, no existía una palabra que aglutinara
los conceptos que en nuestra sociedad moderna occidental se asocian como
“Arte”. Dicho termino, “techné” o “ars”, no hacía sino referirse a todas
aquellas actividades las cuales requerían una actividad, destreza concreta o
habilidad de la persona que las desempeñaba. De esta manera, se comparaban y
situaban a la misma altura disciplinas tan dispares como la zapatería, la
pintura, la mecánica, la carpintería o la poesía, sin producirse entre ellas
diferenciación alguna, y lo que es más importante, tampoco entre los sujetos
que se dedicaban a su desarrollo.
Y la consecuencia
de lo anterior, no es otra que la ausencia de separación alguna entre la
categoría de artista y la de artesano, dándose de hecho una identificación
entre ambos y despojando al “artista” de los caracteres de imaginación,
originalidad e inspiración que hoy día los tenemos interiorizados sin discusión
aparente. Lo mas que se podía aventurar a diferenciar en el mundo clásico, era
entre lo que se consideraban “artes liberales”, las cuales requerían de
habilidades intelectuales y estaban reservadas a la alta alcurnia, y las “artes
vulgares o serviles”, las cuales se vinculaban al trabajo físico. Pero como
decimos, tratando de igual consideración a los artesanos/artistas,
unificándolos bajo un mismo término, una suerte de “hacedores de cosas”, y donde lo estético no solo tiene un valor
residual, sino que en la mayoría de las ocasiones no se tiene siquiera en
consideración.
Pero es en la Edad
Media donde se aventura a principiar un cambio en los conceptos anteriormente
reseñados. Se mantiene la clasificación formal grecorromana entre artes
serviles y artes liberales, si bien estas últimas a efectos didácticos se
diseccionan en dos categorías: el Trivium,
que abarcaba la Lógica, la Gramática y la Retórica; y el Quadrivium, abarcando por su parte la Aritmética, la Geometría, la
Astronomía y la Teoría Musical). Como se puede observar, ni siquiera aparecen
las disciplinas que hoy día se pueden introducir en la categoría de arte (o
bellas artes) tales como la pintura, la escultura o la poesía.
Pese a este paso en
la categorización de las disciplinas artísticas/artesanales, el termino
estricto de “artista”, solo se aplicaba a los individuos que desempeñan
actividades liberales, (a saber, Trívium y Quadrivium) quedando para el resto
de pintores, escultores y demás, el termino de artífices, imitadores de la
realidad o como hemos puesto de manifiesto antes, meros “hacedores de cosas”,
sin capacidad para considerárseles creadores de obras originales.
Aun con la vigencia
de lo anteriormente expuesto, en el Renacimiento se va perfilando, si bien de
forma sucinta, la realidad de lo que posteriormente será el concepto de artista
actual de nuestra era. Lo cierto y verdad es que el desarrollo del arte en esta
época, si bien aún dista de la escisión artista/artesano, si que apunta maneras
de lo que estará por llegar. Si bien el concepto de pintor, poeta o dramaturgo
va subiendo en estima (aunque no tanta como cualquier optimista pudiera
pensarse), no es menos cierto que los artistas de la época siguen atados y
anclados a una losa del pasado: la mecanización y la ausencia de espíritu creador
o imaginativo. En otras palabras, eran sujetos hábiles en su rama o disciplina,
a quienes ciertas esferas sociales les encargaban trabajos para cualquier
menester. Un noble podía encargar pintar las paredes de una instancia, o
componer una poesía para un evento, o inclusive una pieza instrumental. En
cualquier caso, se veían ceñidos a unos cánones o instrucciones en lo que a su
producción artística se refería.
Es de esta forma y
manera donde cobra importancia el mecenazgo, como institución o practica mediante
la cual a través de un patrocinio financiero se trabajaba a disposición de una
familia, persona o ente asociativo. Pero no por ello debemos dejar de destacar
tres elementos que van a hacer cambiar el concepto de artista en el
Renacimiento.
Primeramente es la
aparición del genero de la biografía del artista, genero el cual “mitificaba” o
“santificaba” la figura del artesano/artista. En segundo lugar, es la
generalización del autorretrato como practica pictórica, donde se representaban
a si mismos de forma casi mesiánica, enalteciendo su concepto e intentando
diferenciarse y situarse en una situación de más alta estima respecto al resto.
Y por último, la existencia de la categoría de “artista cortesano”, a modo y
manera de trabajador integrado en la actividad de la corte, desempeñando sus
tareas a través de contratos y de encargos cerrados. Si bien esto es cierto, no
debemos caer en el error de considerar a artistas como Miguel Angel o
Shakespeare como creadores libres encerrados en el corsé de la época. Ambos,
por ejemplo, no solo eran conscientes y consentían que su trabajo se limitara a
hacer creaciones encargadas, sino que sus propias obras se modificaban en
ocasiones sobre la marcha, y se convertían en maleables. Y esto es un ejemplo
manifiesto de la claridad del autor al exponer el error de aplicar nuestra
visión actual y descontextualizada, a las figuras de artista de épocas pasadas.
Y es a partir de
este momento, cuando la concepción del artista empieza a separarse de la
condición de artesano, empezando a valorarse en los primeros una suerte de
sensibilidad, traducidas en Ingenio, Inspiración y Talento Natural. Las labores
tradicionalmente asociadas al arte/artesanía, se fueron separando a medida que
para las habilidades mecánicas y destinadas a la utilidad (zapatería,
mecánica...) sólo se requería habilidad técnica, mientras que para las
habilidades artísticas, se comenzaba a entender que era necesario tener un
ingenio y habilidades innatas para su desarrollo, lo que configura al artista.
En consecuencia con
lo anterior, y persiguiendo elevar la condición de artista, y naciendo un
sentido del gusto y de los estético, se produce un acontecimiento de capital
importancia, que es la publicación obra de Charles Batteux, “Las bellas
artes reducidas a un único principio (1.746)”, donde se unifican los criterios de
belleza y gusto, y siendo la primera obra donde se cita el término “Bellas
Artes” dentro de un conjunto restringido de artes, en este caso, la música, la
poesía, la pintura, la escultura y la danza, agrupándolas como imitación de la
naturaleza bella. De esta forma, se asume que se pueden clasificar las artes de
tres maneras: las artes que administran necesidades (artes mecánicas), las que
su propósito es dar placer (las bellas artes) y las que combinan utilidad y
placer (arquitectura y elocuencia).
Como consecuencia
de lo anterior, nace en el siglo XVII el concepto de artista orientado hacia el
concepto actual, separándose completamente el binomio artista-artesano,
primando en los primeros la originalidad, la inspiración y la imaginación,
dando como resultado un artista creador de obras, mientras que el artesano se
encuentra vinculado a la mera utilidad de su trabajo, privado de gusto y
estética.
De tal manera, en
los senos de la alta alcurnia o las clases nobles, aparece la figura de los “connosieurs”, autoproclamándose
conocedores y poseedores del gusto necesario para apreciar lo estético, lo
bello y por extensión, el Arte. Igualmente, al abrigo de estos sujetos nacen
las Instituciones vinculadas al mundo del arte y los artistas, donde se
celebran exposiciones para contemplar y adquirir obras de arte (Paris,
Londres,...) y donde se comienzan a poner de manifiesto dos elementos de
importancia: La aparición de los derechos de autor y la progresiva desaparición
del mecenazgo a favor del mercado.
Con la aparición de
estos dos elementos, se cierra la bóveda que da sentido al ideal de artista
moderno. Un artista que crea de forma espontanea, que tiene un mercado o
espectro de potenciales adquirentes de su arte y que firma su obra y se le
reconoce la autoría de la misma (visión mercantil del arte). En este sentido,
el visitador de un Salón de Exposiciones, no solo buscaba como antaño la
perfección o elaboración de la obra concreta, sino que con la existencia de los
derechos de autor, era cuanto o más importante que lo anterior la autoría de la
misma. Los mentideros y la fama de un artista a otro hacia oscilar los precios
y el “valor” de las obras, fijados por la demanda y la voluntad del comprador, más
que como antiguamente por la calidad de la misma o por asemejarse fielmente el
encargo pactado por un mecenas.
El resto de la
Historia cultural del Arte, si bien de importancia, es más conocida por todos,
siendo lo expuesto hasta ahora lo que pone y sienta las bases, así como los
antecedentes del cambio radical suscitado antes del siglo XVII respecto a
nuestra visión del Arte y el Artista. No obstante las consecuencias para la
estética de la Revolución Francesa, tales como la desaparición del patronazgo y
la apoteosis del museo han matizado nuestra realidad actual, así como la
asimilación de nuevas formas de arte (fotografía).
Por último, Shiner constata cómo la práctica de los
últimos 30 años ha estado comprometida con reintegrar el arte con la vida,
siguiendo ese proceso de asimilación y resistencia, a través del
redescubrimiento del arte “primitivo” (en el que no existe división entre arte
y artesanía), el movimiento “artesanía como arte”, el problema que se plantea
la arquitectura actual entre funcionalidad y estética, la fotografía
(ampliamente aceptada como arte desde 1940), el problema de la literatura y su
presunta “muerte”, el arte de masas, la reconciliación de arte y vida en las
obras de determinados artistas (hasta el punto de su disolución como actividad
distintiva), el arte público. Finalmente, Shiner se pregunta si esas
asimilaciones masivas que se producen sobre todo a partir de la década de 1960
no estarán dando lugar a un tercer sistema de las artes.
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