Al
valorar el sistema educativo, no podemos sino afirmar que se encuentra
desfasado, que se configura como un anacronismo respecto a la sociedad con la
que coexiste. La raíz de este problema, según la visión de Sir Ken Robinson y
la cual compartimos, no es otra sino que nuestro actual sistema educativo fue
diseñado, concebido y estructurado por y para una coyuntura social diferente:
en la cultura intelectual de la Ilustración, en el contexto de la Revolución
Industrial y en consonancia con el imperativo económico de la época.
De
ahí, que no pueda pasarse por alto que nuestro sistema es heredero directo de
las premisas y estándares sentados en el ámbito fabril de la Revolución
Industrial, y con el paso de los años, no solo no se ha hecho un esfuerzo por adaptar
o cambiar el sistema a los devenires experimentados por nuestra sociedad, sino
que se han fomentado los vicios del mismo.
La
herencia de dichos planteamientos primitivos, hacen germinar al actual sistema
desde la premisa de que existen dos clases de personas: las “académicas” y las
“no académicas”; o dicho en otras palabras, personas inteligentes y no
inteligentes según la conceptuación decimonónica del término inteligencia.
FRATO -LA MÁQUINA DE LA ESCUELA-
Para
ello, las escuelas se convierten en auténticos centros de producción seriada de
alumnos, los cuales son tratados según estándares como la edad y las materias
de conocimiento. Y todo ello intentando alcanzar tres objetivos. El primero de
carácter económico, que mediante la imposición de un tipo concreto de
inteligencia académica, los nuevos alumnos se encaminen a profesiones que
sustenten el sistema económico, revestidas como las únicas habilidades o conocimientos
a través de los cuales un sujeto podrá desempeñar un trabajo remunerado. El
segundo, de carácter socio-cultural, dirigido a generar en los alumnos un
sentimiento de identidad y de cultura propia. Y por último, de índole personal,
esperando que la educación de a luz la mejor versión de nosotros, descubriendo
y potenciando nuestras habilidades y aptitudes. En cualquier caso, a la vista
está que el sistema ha fracasado estrepitosamente en los dos últimos,
centrándose sobremanera en el primero de ellos.
Pero
más allá de si se consiguen o en qué medida se alcanzan los objetivos
planteados, lo que debe adaptarse y modificarse es el Sistema a través del cual
se persiguen. En palabras de Ken Robinson, se pueden elevar los estándares,
pero de nada sirve si cuando lo que es ciertamente erróneo son los propios
estándares. La consecuencia directa de todo cuanto decimos, es la construcción
de un único tipo de inteligencia, y de la evitación de conductas espontáneas de
los alumnos hacia otro tipo de expresividad o tendencia intelectiva (música,
arte, teatro, etc.).
Incluso,
como se pone de manifiesto por Sir Ken Robinson tomando como muestra la
población estadounidense, se medica a los alumnos camuflando su atención a
estímulos de diversa índole creativa (TDAH) como “falta de atención a los
estímulos académicamente relevantes”. De ser así, la espontaneidad de las
aptitudes de los sujetos queda mermada en pos de alienar a los integrantes del
sistema educativo hacia una homogeneización de los conocimientos y virtudes.
Es
evidente que el modelo educativo debe cambiar; los paradigmas de la antigüedad
deben ser sustituidos por nuevos paradigmas que permitan la valoración de un
espectro más amplio de aptitudes, superando el concepto unívoco de
inteligencia, así como el método de filtrado de alumnos “inteligentes” o “no
inteligentes”.
Como
respuesta a este cambio que demandamos, serviría de paradigma o modelo
canalizador del nuevo Sistema Educativo, las conclusiones y estudios alcanzados
por Howard Gardner, laureado psicólogo y profesor de Harvard[1]. Este investigador, premiado
con el Premio Príncipe de Asturias de Ciencias Sociales en el año 2.011 ,
precisamente mantenía, que no existe una única inteligencia, sino ocho:
Cada
persona tiene por lo menos ocho inteligencias, habilidades cognoscitivas. Estas
inteligencias trabajan juntas, aunque como entidades semiautónomas. Cada
persona desarrolla unas más que otras. Diferentes culturas y segmentos de la
sociedad ponen diferentes énfasis en ellas.
1.Inteligencia lingüística. En los niños y
niñas se aprecia en su facilidad para escribir, leer, contar cuentos o hacer
crucigramas.
2.Inteligencia Lógica-matemática. Se aprecia
en los menores por su interés en patrones de medida, categorías y relaciones.
Facilidad para la resolución de problemas aritméticos, juegos de estrategia y
experimentos.
3.Inteligencia Corporal y Cinética. Facilidad
para procesar el conocimiento a través de las sensaciones corporales.
Deportistas, bailarines o manualidades como la costura, los trabajos en madera,
etc.
4.Inteligencia Visual y espacial. Los niños y
niñas piensan en imágenes y dibujos. Tienen facilidad para resolver
rompecabezas, dedican el tiempo libre a dibujar, prefieren juegos
constructivos, etc.
5.Inteligencia Musical. Los menores se
manifiestan frecuentemente con canciones y sonidos. Identifican con facilidad
los sonidos.
6.Inteligencia Interpersonal (inteligencia
social). Se comunican bien y son líderes en sus grupos. Entienden bien los
sentimientos de los demás y proyectan con facilidad las relaciones
interpersonales.
7.Inteligencia Intrapersonal. Relacionada con
la capacidad de un sujeto de conocerse a sí mismo: sus reacciones, emociones y
vida interior.
8. Inteligencia Naturalista. Se describe
como la competencia para percibir las relaciones que existen entre varias
especies o grupos de objetos y personas, así como reconocer y establecer si
existen distinciones y semejanzas entre ellos.

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