martes, 5 de febrero de 2013

CAMBIANDO PARADIGMAS -Ken Robinson-


           Al valorar el sistema educativo, no podemos sino afirmar que se encuentra desfasado, que se configura como un anacronismo respecto a la sociedad con la que coexiste. La raíz de este problema, según la visión de Sir Ken Robinson y la cual compartimos, no es otra sino que nuestro actual sistema educativo fue diseñado, concebido y estructurado por y para una coyuntura social diferente: en la cultura intelectual de la Ilustración, en el contexto de la Revolución Industrial y en consonancia con el imperativo económico de la época.
  De ahí, que no pueda pasarse por alto que nuestro sistema es heredero directo de las premisas y estándares sentados en el ámbito fabril de la Revolución Industrial, y con el paso de los años, no solo no se ha hecho un esfuerzo por adaptar o cambiar el sistema a los devenires experimentados por nuestra sociedad, sino que se han fomentado los vicios del mismo.
  La herencia de dichos planteamientos primitivos, hacen germinar al actual sistema desde la premisa de que existen dos clases de personas: las “académicas” y las “no académicas”; o dicho en otras palabras, personas inteligentes y no inteligentes según la conceptuación decimonónica del término inteligencia.

                                                    FRATO -LA MÁQUINA DE LA ESCUELA-
  Para ello, las escuelas se convierten en auténticos centros de producción seriada de alumnos, los cuales son tratados según estándares como la edad y las materias de conocimiento. Y todo ello intentando alcanzar tres objetivos. El primero de carácter económico, que mediante la imposición de un tipo concreto de inteligencia académica, los nuevos alumnos se encaminen a profesiones que sustenten el sistema económico, revestidas como las únicas habilidades o conocimientos a través de los cuales un sujeto podrá desempeñar un trabajo remunerado. El segundo, de carácter socio-cultural, dirigido a generar en los alumnos un sentimiento de identidad y de cultura propia. Y por último, de índole personal, esperando que la educación de a luz la mejor versión de nosotros, descubriendo y potenciando nuestras habilidades y aptitudes. En cualquier caso, a la vista está que el sistema ha fracasado estrepitosamente en los dos últimos, centrándose sobremanera en el primero de ellos.

   Pero más allá de si se consiguen o en qué medida se alcanzan los objetivos planteados, lo que debe adaptarse y modificarse es el Sistema a través del cual se persiguen. En palabras de Ken Robinson, se pueden elevar los estándares, pero de nada sirve si cuando lo que es ciertamente erróneo son los propios estándares. La consecuencia directa de todo cuanto decimos, es la construcción de un único tipo de inteligencia, y de la evitación de conductas espontáneas de los alumnos hacia otro tipo de expresividad o tendencia intelectiva (música, arte, teatro, etc.).
  Incluso, como se pone de manifiesto por Sir Ken Robinson tomando como muestra la población estadounidense, se medica a los alumnos camuflando su atención a estímulos de diversa índole creativa (TDAH) como “falta de atención a los estímulos académicamente relevantes”. De ser así, la espontaneidad de las aptitudes de los sujetos queda mermada en pos de alienar a los integrantes del sistema educativo hacia una homogeneización de los conocimientos y virtudes.
  Es evidente que el modelo educativo debe cambiar; los paradigmas de la antigüedad deben ser sustituidos por nuevos paradigmas que permitan la valoración de un espectro más amplio de aptitudes, superando el concepto unívoco de inteligencia, así como el método de filtrado de alumnos “inteligentes” o “no inteligentes”.
  Como respuesta a este cambio que demandamos, serviría de paradigma o modelo canalizador del nuevo Sistema Educativo, las conclusiones y estudios alcanzados por Howard Gardner, laureado psicólogo y profesor de Harvard[1]. Este investigador, premiado con el Premio Príncipe de Asturias de Ciencias Sociales en el año 2.011 , precisamente mantenía, que no existe una única inteligencia, sino ocho:
  Cada persona tiene por lo menos ocho inteligencias, habilidades cognoscitivas. Estas inteligencias trabajan juntas, aunque como entidades semiautónomas. Cada persona desarrolla unas más que otras. Diferentes culturas y segmentos de la sociedad ponen diferentes énfasis en ellas.
 1.Inteligencia lingüística. En los niños y niñas se aprecia en su facilidad para escribir, leer, contar cuentos o hacer crucigramas.
 2.Inteligencia Lógica-matemática. Se aprecia en los menores por su interés en patrones de medida, categorías y relaciones. Facilidad para la resolución de problemas aritméticos, juegos de estrategia y experimentos.
 3.Inteligencia Corporal y Cinética. Facilidad para procesar el conocimiento a través de las sensaciones corporales. Deportistas, bailarines o manualidades como la costura, los trabajos en madera, etc.
 4.Inteligencia Visual y espacial. Los niños y niñas piensan en imágenes y dibujos. Tienen facilidad para resolver rompecabezas, dedican el tiempo libre a dibujar, prefieren juegos constructivos, etc.
 5.Inteligencia Musical. Los menores se manifiestan frecuentemente con canciones y sonidos. Identifican con facilidad los sonidos.
 6.Inteligencia Interpersonal (inteligencia social). Se comunican bien y son líderes en sus grupos. Entienden bien los sentimientos de los demás y proyectan con facilidad las relaciones interpersonales.
 7.Inteligencia Intrapersonal. Relacionada con la capacidad de un sujeto de conocerse a sí mismo: sus reacciones, emociones y vida interior.
8. Inteligencia Naturalista. Se describe como la competencia para percibir las relaciones que existen entre varias especies o grupos de objetos y personas, así como reconocer y establecer si existen distinciones y semejanzas entre ellos.




[1] HOWARD GARDNER: Inteligencias multiples: la teoria en la práctica. Editorial Paidos Ibérica, 1998

 


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