El término post-moderno
en relación a la disciplina artística, surge a partir de los años 80 como una
rebelión de los artistas ante la insatisfacción de una visión que plasma
objetivamente el mundo. Hasta esta década, los valores artísticos tradicionales
se habían revivido con la salvedad que le confiere ser un producto original del
tiempo que se desarrolla. Definidos, superados y consolidados estos valores es
cuando se señala que la modernidad es un asunto pasado.
“Nos enfrentamos a un arte
que nos habla acerca de sus relaciones personales y de sus mundos personales” [1]
En este momento,
es cuando los artistas empiezan a enfrentarse al mundo que les rodea con
imágenes que hablan de sus relaciones y mundos personales. Un mundo de creación,
donde la apariencia formal de la obra, deja de importar para centrarse en la
búsqueda y la formación de ideas. Las tipologías de obras de arte, pasan de ser
un medio aplaudido por sus valores técnicos y materiales, a convertirse en
objetos, con la única finalidad matérica, de actuar de mensajera en cuestiones
socio-culturales; temas excluidos hasta el momento.
El interés de plantear hasta qué punto las estructuras y cánones sociales
e institucionales satisfacen las necesidades del individuo, en un mundo
estándar que se mueve alrededor de un plan tecnológico, político y social. Una
sociedad de consumo, automatizada por la sucesión incesante de modas y estilos,
que es penetrada hasta la saciedad por los medios de comunicación; un sujeto
individual que pierde el sentido de su propia historia.
“Los artistas en todo momento
reflejan estas situaciones, estas transformaciones del entorno social y
cultural, y nos ayudan a definir los nuevos modelos de personalidad surgidos de
la absorción de los cambios tecnológicos, políticos y sociales”[2].
Es por ello, que el medio artístico utiliza sus esferas para mostrar los
cambios y transformaciones del entorno que le rodea, reaccionando y haciendo
reaccionar al individuo ante esos cánones establecidos, por no decir
asimilados.
Los primeros años de la década de los 80 se caracterizó por la
materialización tanto de un código pictórico dramático, como el de un exacerbado
empleo del color como medio para recrear y reconocer la silenciada crisis
existente. A mediados y finales de esta década se opta por la distorsión de las
estructuras configuradas en ideas existentes, los temas se plasman desde un
punto de vista sesgado utilizando objetos que se salen de su contexto original
o relacionándolos con otros elementos no vinculados.
Los años 80 y 90 presumieron el cambio en la posición de las mujeres en
el arte. Cindy Sherman, Rosemary Trockel, Bárbara Kruger, Sherry Levine, entre
otras, recurrieron a los trabajos de la mente; el conceptualismo, como método para alejarse de la simple
exposición de la anatomía del cuerpo femenino que se había convertido en sujeto
en los 60. Este cambio se notó en la
persecución y creación de un lenguaje capaz de cambiar las cosas, recreando sus
propias percepciones, sus propias historias, sus propias experiencias. Se manifiestan
para afirmar que no es, ni escaso ni sombrío, el placer femenino. La mujer
juega con la ironía y la paradoja para representar tanto sus conjeturas y
prejuicios como lo que está manifiestamente ausente o privado.
“Las mujeres avanzan deprisa, son
libres, curiosas, impúdicas, no tienen las certezas masculinas. Se permiten
todo con ansiedad y curiosidad, a veces con una ironía vacilante, una fantasía muy
imaginativa, sin necesidad de imponer una autoridad”
En cuanto a técnicas, la fotografía adquiere un papel destacado. Se le
abstrae el poder de teatralidad con imágenes que no muestran la realidad
objetiva; mezcla de escenarios ficticios y reales, y con la manipulación de imágenes
de masas como crítica a un prototipo que la sociedad intenta imitar. Por su
lado, la pintura recupera la figuración pero no como un retorno a la expresión
por símbolos reconocibles, sino tomándolos como complemento para la expresión.
La llamada posmodernidad se desarrolla en todo occidente al mismo tiempo,
gracias a la globalización como denominador común. En Norteamérica el interés
se centra en la sociedad consumista, con artistas que utilizan la plasmación de
mensaje con estereotipos y eslóganes que cuestionan la manipulación de los
medios publicitarios. Artistas como “Louise
Lawler, Barbara Kruger, Cindy Sherman, Richard Prince” [3]exponen
que el arte es aún capaz de hacer reaccionar al sujeto con esos estímulos
visuales.
En Europa, concretamente en Alemania, es notoria la inclinación por la
representación del vacío en los espacios. Perfiles desprovistos de un carácter
humanizado, lugares fríos, mórbidos y congelados. Sus obras manifiestan y
reprochan la división inexistente para ellos, de materia, mente y espíritu.
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