Según la R.A.E: Educación (Del lat. educatĭo, -ōnis): 1.
f. Acción y efecto de educar 2. f. Crianza, enseñanza
y doctrina que se da a los niños y a los jóvenes 3. f.
Instrucción por medio de la acción docente 4. f.
Cortesía, urbanidad.
Donde se nos presentan cuatro acepciones,
en principio indiscutidas e indiscutibles del término educación, no hace sino
nacer el debate de si el modelo educacional vigente satisface y cumple con el
ideal de enseñanza que teóricamente se persigue con el mismo. Pocos discutirían
que “desarrollar o
perfeccionar las facultades intelectuales y morales del niño o del joven por
medio de preceptos, ejercicios o ejemplos”, sería una definición estándar
de lo que aproximadamente se entendería por educar.
Esa labor educacional a la
que nos referimos, se encomienda en nuestro sistema a docentes los cuales, con
mayor o menor acierto, asumen la ardua tarea de construir en el alumno pautas
de conocimiento y de conducta aceptadas como correctas en la sociedad en la que
se insertan. Por todo ello, se ha venido entendiendo como válido un modelo de
enseñanza en el cual, del centro escolar emanaban los principios intelectuales
y morales rectores de un conjunto social.
Pero este sistema tradicional
de enseñanza vertical, de transmisión teórica de conceptos de maestros a
alumnos, de un tiempo a esta parte viene tambaleándose en sus cimientos, a la
vista de su eficiencia (o mejor dicho, ineficiencia) y su utilidad. Es
necesario asumir que la sociedad es un ente mutable, y como tal, también lo son
los sujetos que la componen, y en mayor medida si cabe, los individuos a educar
dentro de la misma. De este modo, donde originariamente había escasez de
información, conocimientos, y modelos de conducta validos, el centro escolar y
el profesor se erigían como las fuentes donde suplir dichas carencias. Por el
contrario, actualmente crecemos en una sociedad en la que la sobreinformación,
el conocimiento inmediato a través de las nuevas tecnologías y la creación de
estereotipos sociales, nos condiciona y contamina prácticamente desde que
tenemos uso de razón.
Así, el rol de los centros docentes y de los educadores ha cambiado de forma ostensible a consecuencia de la “evolución social”.
Actualmente, el peso de la labor educacional sobre un menor o un joven se comparte entre medios de comunicación, televisión, internet, así como cuantos otros estímulos orbitan a su alrededor, relegando la enseñanza docente e incluso la que, entiendo, debe adquirirse e interiorizarse en el seno familiar a un segundo plano.
De esta forma se da la paradoja
de que hemos dejado de educar a los futuros integrantes de nuestra sociedad,
para que sea la propia la sociedad la que eduque a sus futuros
integrantes.
Y fiel reflejo de cuanto
decimos, es el concepto que del centro lectivo se tiene por el alumnado, fruto
del sistema educativo el cual los desnaturaliza y despoja de su fin último. De
esta forma se han convertido en meros centros de filtrado de conocimientos, de
evaluación mecánica de contenidos teóricos e incluso, en el peor de los casos, como
altares de lo políticamente correcto. Se echa de menos un sistema en el que el
objetivo sea formar individuos con las habilidades sociales, y no solo exclusivamente teóricas,
necesarias para enfrentarse a la sociedad en su dimensión global, siendo
capaces de desarrollar su personalidad intelectiva y social mediante el
pensamiento crítico, adquirible únicamente a través del estudio
de ciertas ramas del conocimiento, la asunción de los valores éticos que le
rodean y la comprensión de la cultura en la que el sujeto se desarrolla.
De esta forma, se nos antoja
necesario que desde edades tempranas se intente formar de manera integral a los
escolares. Y una consecuencia de esta formación general debiera ser el
ofrecimiento a los mismos de desarrollar, o al menos conocer los principios
elementales del arte y sus vías de expresión. Tanto el fomento de las artes
plásticas en la niñez, etapa ésta en la que el desarrollo sensitivo y
perceptivo se encuentra más despierto, así como en etapas posteriores unas
nociones básicas del arte como elemento cultural e histórico que argumenta
nuestro contexto actual, deberían tener un peso especifico de mayor entidad en
la formación académica que debiera recibirse.
Pero todas las conclusiones
alcanzadas, o al menos puestas de manifiesto a modo de interrogante en la
presente reflexión, son de difícil valoración en lo que respecta a mi
experiencia personal con la educación recibida. Y todo ello en la medida en que
cualquier eventual análisis que se pudiera hacer sobre la incidencia de la
educación en mi persona, no puede hacerse sino a posteriori, y examinado desde
una actividad valorativa de conjunto. Resulta imposible diseccionar en qué
medida soy resultado de un cumulo de circunstancias no solo educacionales, sino
familiares, sociales o afectivas que han formado mi personalidad y mis
conocimientos asi como mi forma de interactuar con ellos en el medio. Sea como
fuere, es insoslayable que, de forma consciente o inconsciente, la educación
reciba por un sujeto condiciona su persona y su forma de entender el mundo, si
bien no es un concepto mesurable, y cuantificar la influencia de la misma, sus
virtudes y sus vicios, siempre será una actividad abierta a la subjetividad mas
absoluta.

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