martes, 27 de noviembre de 2012

DEL SISTEMA EDUCATIVO Y SU REALIDAD ACTUAL


Según la R.A.E: Educación (Del lat. educatĭo, -ōnis): 1. f. Acción y efecto de educar 2. f. Crianza, enseñanza y doctrina que se da a los niños y a los jóvenes 3. f. Instrucción por medio de la acción docente 4. f. Cortesía, urbanidad.

Donde se nos presentan cuatro acepciones, en principio indiscutidas e indiscutibles del término educación, no hace sino nacer el debate de si el modelo educacional vigente satisface y cumple con el ideal de enseñanza que teóricamente se persigue con el mismo. Pocos discutirían que “desarrollar o perfeccionar las facultades intelectuales y morales del niño o del joven por medio de preceptos, ejercicios o ejemplos”, sería una definición estándar de lo que aproximadamente se entendería por educar.

Esa labor educacional a la que nos referimos, se encomienda en nuestro sistema a docentes los cuales, con mayor o menor acierto, asumen la ardua tarea de construir en el alumno pautas de conocimiento y de conducta aceptadas como correctas en la sociedad en la que se insertan. Por todo ello, se ha venido entendiendo como válido un modelo de enseñanza en el cual, del centro escolar emanaban los principios intelectuales y morales rectores de un conjunto social.

Pero este sistema tradicional de enseñanza vertical, de transmisión teórica de conceptos de maestros a alumnos, de un tiempo a esta parte viene tambaleándose en sus cimientos, a la vista de su eficiencia (o mejor dicho, ineficiencia) y su utilidad. Es necesario asumir que la sociedad es un ente mutable, y como tal, también lo son los sujetos que la componen, y en mayor medida si cabe, los individuos a educar dentro de la misma. De este modo, donde originariamente había escasez de información, conocimientos, y modelos de conducta validos, el centro escolar y el profesor se erigían como las fuentes donde suplir dichas carencias. Por el contrario, actualmente crecemos en una sociedad en la que la sobreinformación, el conocimiento inmediato a través de las nuevas tecnologías y la creación de estereotipos sociales, nos condiciona y contamina prácticamente desde que tenemos uso de razón.



Así, el rol de los centros docentes y de los educadores ha cambiado de forma ostensible a consecuencia de la “evolución social”.
 

 Actualmente, el peso de la labor educacional sobre un menor o un joven se comparte entre medios de comunicación, televisión, internet, así como cuantos otros estímulos orbitan a su alrededor, relegando la enseñanza docente e incluso la que, entiendo, debe adquirirse e interiorizarse en el seno familiar a un segundo plano.

De esta forma se da la paradoja de que hemos dejado de educar a los futuros integrantes de nuestra sociedad, para que sea la propia la sociedad la que eduque a sus futuros integrantes. 


Y fiel reflejo de cuanto decimos, es el concepto que del centro lectivo se tiene por el alumnado, fruto del sistema educativo el cual los desnaturaliza y despoja de su fin último. De esta forma se han convertido en meros centros de filtrado de conocimientos, de evaluación mecánica de contenidos teóricos e incluso, en el peor de los casos, como altares de lo políticamente correcto. Se echa de menos un sistema en el que el objetivo sea formar individuos con las habilidades sociales, y no solo exclusivamente teóricas, necesarias para enfrentarse a la sociedad en su dimensión global, siendo capaces de desarrollar su personalidad intelectiva y social mediante el pensamiento crítico, adquirible únicamente a través del estudio de ciertas ramas del conocimiento, la asunción de los valores éticos que le rodean y la comprensión de la cultura en la que el sujeto se desarrolla.

De esta forma, se nos antoja necesario que desde edades tempranas se intente formar de manera integral a los escolares. Y una consecuencia de esta formación general debiera ser el ofrecimiento a los mismos de desarrollar, o al menos conocer los principios elementales del arte y sus vías de expresión. Tanto el fomento de las artes plásticas en la niñez, etapa ésta en la que el desarrollo sensitivo y perceptivo se encuentra más despierto, así como en etapas posteriores unas nociones básicas del arte como elemento cultural e histórico que argumenta nuestro contexto actual, deberían tener un peso especifico de mayor entidad en la formación académica que debiera recibirse.

Pero todas las conclusiones alcanzadas, o al menos puestas de manifiesto a modo de interrogante en la presente reflexión, son de difícil valoración en lo que respecta a mi experiencia personal con la educación recibida. Y todo ello en la medida en que cualquier eventual análisis que se pudiera hacer sobre la incidencia de la educación en mi persona, no puede hacerse sino a posteriori, y examinado desde una actividad valorativa de conjunto. Resulta imposible diseccionar en qué medida soy resultado de un cumulo de circunstancias no solo educacionales, sino familiares, sociales o afectivas que han formado mi personalidad y mis conocimientos asi como mi forma de interactuar con ellos en el medio. Sea como fuere, es insoslayable que, de forma consciente o inconsciente, la educación reciba por un sujeto condiciona su persona y su forma de entender el mundo, si bien no es un concepto mesurable, y cuantificar la influencia de la misma, sus virtudes y sus vicios, siempre será una actividad abierta a la subjetividad mas absoluta.


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